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    January 23

    La maravillosa historia de la financiación en el llamado Estado de las Autonomías o cómo coger más tajada.

    Nota: Este comentario es una crítica al sistema.

     

    En la historia política de nuestra democracia, el tema de la financiación de las Autonomías es algo, a mi parecer, excesivamente recurrente; más aún que las sequías, las continuas subidas de precios, los pelotazos y chanchullos o los nuevos famosillos que logran un lugar en la televisión tras decir que se han acostado con… el Papa, por ejemplo. Sí, ese es nuestro país y, lo más triste, parece que no queremos hacer nada para que algo de esto cambie. País de “quijotes y cotillas” como muy bien lo definía mi profesor de conducción hace ya la friolera de ocho años.

     

    En fin, dejaré todos los temas a un lado y me centraré en el título de mi entrada, porque yo “he venido a hablar de mi libro”.  La concepción autonómica actual ha definido en España zonas administrativo-políticas de primera, segunda y tercera. Un estado asimétrico en el que unos ciudadanos tienen más derechos que otros en función de dónde residan, y que nos han venido inculcando, o más bien aleccionando en escuela desde bien pequeños, que se trata de algo normal y necesario para el buen funcionamiento del sistema. Este hecho no sería especialmente grave si no incluyera asuntos tan delicados como el control y generación de la información, la legislación comercial, la educación, la sanidad o, en algunas Comunidades Autónomas, la seguridad, por citar algunas de las muchas de las denominadas competencias autonómicas. Y que, bajo mi humilde opinión, nunca deberían haber sido descentralizadas, sin embargo, ya no parece que pueda tener marcha atrás. Así, se ha logrado configurar 17 reinos de taifas y 2 ciudades-estado en los que nuestros hijos estudian la historia de su comunidad/ciudad autónoma, sabiendo perfectamente dónde se hallan los restos de los primeros homínidos de la Comunidad de Madrid,  pero desconocen Atapuerca. Mientras que Europa tiende a configurarse como un ente cada vez más homogéneo, sin despreciar su la propia identidad de sus pueblos, España profundiza en la diferenciación de sus gentes. ¿Realmente es éste el buen camino? ¿O vamos contra la corriente?

     

    Lejos de acabar ahí, es justo donde el problema empieza: para que funcione todo este tinglado hace falta dinero. El diseño perverso de la obtención de fondos económicos para sufragar todos los gastos generados por las administraciones autonómicas tiene dos fuentes:

     

    1)       Los impuestos cedidos y la capacidad legislativa para generar nuevos gravámenes dentro de sus competencias.

    2)       La transferencia de fondos de las arcas de Estado a las Autonomías.

     

    Este sistema se viene mostrando ineficiente desde el momento en el que las Autonomías comenzaron a pedir al Estado mayor cantidad de fondos ante la insuficiencia de capital para hacer frente a los gastos generados por la transferencia de competencias. Y se agravó más  cuando se accedió a dar más y más y más ¿Error en el cálculo? Puede ser, de todos son conocidas las múltiples ventajas que otorgan las economías de escala a un sistema productivo, y al disminuir el tamaño de la estructura un cargo pasó a ser 17, y los costes, seguramente (no creo… ¿sí?, ¿seguro?, no creo…), se incrementaron. Sin embargo, no por ser importante este problema no pienso que sea la principal causa. Más bien la asunción de labores no transferidas, con los diferentes Gobiernos centrales mirando a otro lado, y la disminución de la recaudación en los impuestos cedidos, debido a su supresión o descenso en la presión impositiva (muy importante), ha llevado al país a esta situación. Resumiendo, y para situarnos: los presidentes autonómicos alardean de suprimir, congelar o disminuir tasas e impuestos, mientras que se dedican a pedir más fondos a la administración central. Políticamente, un negocio redondo. Puedes hacer un discurso demagogo hablando de las bondades de tu gestión y del abandono que se recibe por parte de “Madrid”, generando un caladero de votos muy abundante. Si todo esto lo aliñas con algún elemento diferencial, como… que se ha demostrado que los ciudadanos de tu Comunidad tienen las falangetas 1milímetro más largas, lo que ocasiona mayores lesiones de muñeca, con mayor coste para la sanidad, por lo que se requiere un fondo especial;  et Voila!, ya tienes más dineros. Es fácil ¿verdad? Ahora sólo queda la vergonzosa procesión montada en el último mes, con unos pobres Presidentes Autonómicos yendo a la Moncloa a mendigar/reclamar-algo-justo-y-que-históricamente-nos-han-estado-quitando (según se mire) y un Presidente del Gobierno que no para de crear fondos especiales cuyo importe se desconoce.

     

    ¿Realmente queremos que esto siga así? ¡Joder esto es un caos! Y juega en contra de un Gobierno central que en caso de situación de crisis o emergencia tiene cada vez menos herramientas para enfrentarse a ellas. Por eso, es básico delimitar con precisión  de cirujano neurólogo las competencias de las diferentes Comunidades Autónomas, con estrictas sanciones sobre aquellas que las sobrepasen y dejarse de relecturas forzadas de la Constitución. Competencias que, en el momento de avance en el que nos encontramos, serían muy difíciles reducir y deberían ser las mismas para todas la Comunidades. Partiendo de esta base habría que dotarlas de herramientas que les proporcionaran obtener recursos económicos suficientes para su financiación. No bastaría con decir el x% de la recaudación de IRPF o IVA; no señores no, sería algo más sencillo. Sería avanzar y profundizar en el modelo impositivo de tramos Estatal y Autonómico fijados actualmente. Bajo el paraguas de una Hacienda única, por el tema de costes (problema: Navarra y País Vasco), el Estado ejercería una presión impositiva para recaudar fondos que facilitarán sus funciones, entre otras de redistribuidor de la renta (principio de caja única para un conjunto de elementos) y las Comunidades decidirían si es necesario el 0% ó 100% lo que quieren recaudar de los ingresos de empresas y particulares. Sería simplemente en dividir el impuesto en dos tramos. Fácil, caballeros ustedes pueden obtener fondos de aquí, si ponen más impuestos ustedes serán  los “avaros ladrones que quitan a sus ciudadanos lo que justamente les corresponde”, si deciden lo contrario serán los “gobernantes antisociales neocons” Eso sí, a partir de ese momento no habrá problema de falta de fondos, lo habrá de mala gestión de recursos.

     

    Puede que esta idea se tache de federalista, pero, por lo menos, las cosas estarían algo más claras.

     

    Ahí queda el guante, lástima, pues nadie vendrá a recogerlo, demasiado costoso para los políticos.

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