3月20日
Azules
rayados de aristas afiladas, mosaico de cielos, destellos zigzagueantes, centro de la multitud y
rincón de la nada. Verdes de esmeraldas engarzadas que esquivos se tropiezan.
Azabaches puros, blanco esmerilado de hollín engalanado. Melosos, como de los
mejores néctares alcarreños, que, sin llegar a empalagar, empapan, privan y se
aposentan. Oscuros, simplemente, que confunden el centro de su circundante, sin
llegar a la tiniebla. Pilongos acastañados de tristes tardes de otoño, con su
ocres aterciopelados y su ternura de invierno. Todos ellos vítreos,
cristalinos, deslumbrantes rosetones que reflejan, como lo que son: la belleza
del alma. Sin embargo, ¿qué queda?. Si la más bonita de las rosas, se marchita
con el paso del tiempo; si aún disecada pierde el esplendor que la primavera le
dio… El rostro, enjuto y arrugado, ¿no puede perder la profundidad? ¡Qué
equivocado está aquel que lo pensara!. Pues en pasado nada más se debe hablar,
de noche trasnochado y de día recién acostado. Se debe ver más lejos, y para
ver en esa distancia, es más cerca donde se encuentra, el cara a cara, el
interior de la mirada.